Nunca me había fijado cómo cambia la perspectiva de uno cuando crece.
Aprovechando el puente y la falta de un adulto que me vigile, Ale me llevó al Tepozteco. Ya había ido yo pero hacía , fácilmente, unos seis años. Según mis recuerdos, habíamos subido la mitad del cerro, y habíamos caminado durante horas una distancia enorme que, en ese entonces mis pies habían sufrido. Ahora que fui comparé mis recuerdos con la realidad; apenas si llegamos a las faldas de la montaña, lo que yo había considerado horas de caminata no se comparan en nada con la friega que fue subir hoy al Tepoz y bajarlo.
¿Por qué cuando somos pequeños todo nos impacta y nos deja recuerdos extraordinarios? Sé que en ese entonces acostumbrábamos a ver las cosas de un tamaño mayor al real, pero.. ¿no es eso lo que debemos hacer?
Ahora que soy "mayor" me doy cuenta que el adulto siempre tiende a minimizar las cosas, a restarles importancia y sobre todo, a no observar su alrededor con atención. ¿Será por eso que yo uso lentes? ¿Por no querer ver lo que me rodea? Ahora pasamos la vida sin cuidado, sin darle la importancia que se merece cada evento, muchas cosas buenas nos han podido pasar pero no sucedieron por el simple hecho de no ver con el corazón. Nos estamos acostumbrando a ver sin observar, ver sin detenernos a pensar qué es lo que está sucediendo.
Si existe el déjà vu, yo invento ahora el déjà vécu; tenemos la idea de conocer algo, de que lo vivimos cuando eramos chicos, porque recordamos ciertas cosas de ese evento, pero no lo recordamos al 100% porque no somos lo suficientemente observadores.
Un "déjà vécu" del día de hoy fue descubrir que la nieve de maracuyá, de la cual me hice fan la vez que fui al Tepoz de niña, sigue siendo igual de deliciosa que hace seis años.